Carlos Marx iniciaba su Manifiesto Comunista con la frase “un fantasma recorre Europa”

Estas epidemias se ceban en el colectivo social con menos defensas: los emprendedores.

 

Carlos Marx iniciaba su Manifiesto Comunista con la frase “un fantasma recorre Europa”. Para comenzar este capítulo, bien podemos decir que “tres epidemias asolan nuestro país”. Son epidemias que si bien no afectan directamente a nuestras estructuras físicas, sí lo hacen de forma indirecta, en cuanto que inciden sobre nuestra creatividad e innovación, infectando en consecuencia nuestras capacidades competitivas.

 

Pero sobre todo estas epidemias se ceban en el colectivo social con menos defensas: los emprendedores.

 

La primera podemos llamarla reduccionista.

 

Su mayor incidencia es centrar la actividad emprendedora en sus efectos económicos.

 

Por doquier se afirma que el emprendedor crea riqueza y empleo, lo cual es evidentemente cierto, pero reducir la función emprendedora a sólo la económica, es disminuir significativamente aportaciones, que no solo son tan importantes como ésta, sino que además crean sinergias.

 

El emprendedor no sólo crea riqueza y empleo, sino que además dinamiza la sociedad, despierta ilusiones y expectativas, fomenta la capacidad de soñar con el futuro, y genera sobre su entorno una visión de la vida en la que predomina la capacidad para establecerse retos y desafíos personales, sociales y económicos.

 

Una sociedad emprendedora, no sólo es un colectivo fuertemente desarrollado a nivel económico, sino que también lo es a nivel de desarrollo innovador y creativo, en todas sus dimensiones. Una sociedad sin sueños, está muerta.

 

Limitar la función emprendedora a la pura económica, es limitar el compromiso emprendedor exclusivamente a aquellas personas que desean desarrollo económico, y cuyo principal objetivo es ganar dinero, marginando en consecuencia otros colectivos de jóvenes que se integrarían en una cultura emprendedora si ésta les ofreciese una expectativa que transcendiese la puramente económica.

 

¿Dónde están estos?, es evidente su existencia, que va más allá de los emprendedores sociales. Son emprendedores cuya finalidad es crear, innovar, aportar y sentir que su vida tiene sentido en cuanto que ésta es un instrumento de cambio en la sociedad.

 

Claro que no los vemos, pese a que su presencia es evidente. Nuestro paradigma economicista nos impide verlos, siendo cómplices de una visión social que ve en el empresario un acumulador de riqueza, un ser ambicioso sin más objetivo que el poder.

 

Las consecuencias sobre nuestro desarrollo son tan evidentes, que si no nos planteamos de forma urgente acabar con esta epidemia, nuestra capacidad de innovación será tan grande como lo sean nuestras ambiciones económicas. Es decir: limitada.

 

 

La segunda epidemia podemos llamarla mecanicista.

 

Y lo es en cuanto que vinculamos la innovación con la tecnología. Es cierto que las nuevas tecnologías facilitan la innovación, pero en ningún caso crean el espíritu preciso para que ésta nazca. Las tecnologías nos permiten ser más eficaces, la tecnología nos permite crear sinergias, sin embargo creer que ésta va a fomentar nuestras capacidades innovadoras, ya no sólo es ingenuo, es patético.

 

Pero creerlo nos permite tranquilizar nuestras conciencias. Mientras jugamos con nuestros cachivaches, mientras nos asombramos de lo que somos capaces de hacer gracias a estos, mientras nos recreamos en nuestra obra, olvidando que es lo que la ha hecho posible, permitimos que la parálisis innovadora invada nuestros espíritus.

 

La innovación tecnológica es la consecuencia de una actitud de búsqueda permanente, de un cuestionamiento constante de lo que hay, de una profunda fe en las capacidades de los seres humanos, tanto individuos, como parte de un colectivo.

 

No habría tecnología si previamente ciertos individuos no hubiesen decidido asumir el riesgo del fracaso, si no hubiesen convertido su vida en un desafío a sus posibilidades, si no se hubiesen preguntado: ¿Por qué no?

 

Creer que facilitar el conocimiento de las nuevas tecnologías –tan imprescindible– va a crear más innovación, es lo mismo que pensar que si juntamos seis gallinas, tendremos un gallo.

 

La tercera epidemia, quizás la más destructiva, la llamamos “managerial”.

 

De pronto hemos convertido los modernos sistemas de gestión en la fórmula del éxito, contemplamos con admiración los métodos que aplican en su día a día las grandes empresas, absorbemos las nuevas teorías creadas por los grandes gurús del management, acudimos a las grandes escuelas de negocios buscando inspiración, y aplicamos sus conocimientos llenos de esperanza sobre nuestros pequeños negocios.

 

Y con ello nos olvidamos de lo que ha hecho posible nuestra existencia: nuestro espíritu emprendedor, nuestra capacidad de tener y mantener sueños, nuestra firme voluntad de hacer que nuestra vida incida sobre el mundo, o al menos sobre nuestro mundo.

 

Con toda su prepotencia, los grandes maestros de la gestión se atreven a menospreciar nuestras vida con la frase: “ideas hay muchas, lo que hace falta es saber gestionarlas”, haciendo que ésta se convierta en una especie de manguera de agua fría que apaga el fuego que nuestros sueños producen.

 

¿Hay muchas ideas?, Einstein afirmaba que “es más importante la imaginación, que el conocimiento”, pero pese al peso espiritual de este científico, nos negamos a aceptarlo, y seguimos admirando a los grandes profetas que con sus “verdades” nos hacen olvidarnos de lo que ha hecho posible nuestra realidad empresarial, huyendo de los sueños, para caer en los brazos de ese cruel amante que es el pragmatismo.

 

Lee también:   Hoy está de moda hablar de la necesidad de crear un “nuevo modelo de desarrollo económico”

 

Debemos ser realistas nos decimos, pero ¿Qué es ser realista?, ¿lo era Amancio Ortega al imaginar su Zara?, ¿lo era Steve Jobs?, ¿lo eran los fundadores de Google?, terribles preguntas, terribles respuestas.

 

Estamos confundiendo lo que hace que las empresas sigan siendo grandes, con lo que las ha hecho grandes, seguimos confundiendo nuestra voluntad de triunfo, con nuestra capacidad de gestionar los resultados que éste nos ha generado.

 

Ninguno de los empresarios/emprendedores que hemos estudiado y que han alcanzado un posicionamiento en sus mercados respectivos de liderazgo, en la mayoría de los casos a nivel mundial, lo han conseguido por su capacidad de gestión, sino por su capacidad de seguir avanzando cuando los demás abandonaban, cuando la dura realidad les llevaba a preguntarse si valía la pena por ver más allá de los muros, por intuir la existencia de una realidad, invisible para la mayoría.

 

Ha sido después, eso sí, cuando la gestión se ha hecho precisa, ha sido cuando su sueño emprendedor era una realidad, cuando se ha hecho imprescindible el papel del gestor, PERO NO ANTES. Nos hemos olvidado de nuestros orígenes.

 

Buscamos fórmulas que nos tranquilicen, soluciones rápidas que nos hagan sentir que somos tan grandes como esas empresas que cotizan en bolsa, olvidándonos con ellas de nuestros valores, de nuestros comienzos, de nuestros sueños, que no eran precisamente el cotizar en bolsa, sino el hacernos sentir cada día que nuestra vida tiene un significado.

 

Pero ¿qué esta pasando?, basta mirar a la casi totalidad –¿o deberíamos eliminar el “casi”?– de los programas de formación de emprendedores para encontrar la respuesta. ¿Dónde están temas tan cruciales como son “el espíritu emprendedor”, “el significado de la palabra servicio”, “la importancia de la misión personal”?, ¿en qué programa de formación de emprendedores se aprende a “escuchar” al mercado?, ¿cómo hacemos que nuestros emprendedores tomen conciencia de que su esfuerzo y sacrificio merece la pena, no por lo que van a ganar, sino por lo que van a dar?

 

Hasta donde sabemos, en ninguno. Eso sí: aprenderemos a saber gestionar una empresa grande (quizás un día lo seamos), las fórmulas de gestión más moderna, y, especialmente, a saber como llevar la contabilidad de nuestra empresa. Todo ello importante, muy importante (sin ironía), pero ¿es todo esto lo que va a hacer posible que nuestro sueño sea una realidad?, o ¿es todo esto lo que va a hacer posible que nuestro sueño siga siendo una realidad DESPUES DE HABERSE CONSOLIDADO?

 

Debemos volver a los orígenes, a aquello que ha hecho posible muchas de las empresas que hoy admiramos, debemos volver a fórmulas sencillas, pero de una eficacia demostrada: sueños/clientes/resultados, y dejar en la cuneta de nuestro camino todo aquello que no contribuya a darnos fuerzas para seguir trabajando y a entender y vivir las expectativas de nuestros clientes.

 

Tres epidemias que inciden en nuestro sistema nervioso, anulando nuestras capacidades creativas. Tres epidemias cuyo origen está precisamente en el desarrollo, y como tantas otras enfermedades paralizantes, en la obesidad de nuestra economía, hoy atacada al haberse quedado sin defensas, quizás por esto mismo: la glotonería de sentirnos satisfechos de nosotros mismos, nos ha impedido ver las consecuencias de habernos olvidado de lo que nos ha hecho grandes.

 

Ha llegado la hora de la vacuna. ¿Cuál es?

 

La tenemos delante de nosotros, basta con analizar los perfiles de emprendedores que partiendo sólo de su coraje y de su capacidad de soñar, han conseguido alcanzar cotas de posicionamiento realmente privilegiadas. Tenemos la vacuna delante, pero como estamos contaminados no la vemos, a veces ni siquiera queremos vacunarnos, porque hacerlo implica cuestionar muchas de nuestras verdades.

 

He incluido al final de este capítulo las empresas que he estudiado en profundidad, en los últimos cinco años. En mayor o menor medida, todos sus fundadores tienen una serie de características comunes sobre las que merece la pena reflexionar.

 

Lee también:   Palabras

 

Ciertamente las vacunas tienen intensidades diferentes en función de la fuerza de la epidemia, del entorno en donde ésta incide, y del nivel de defensa de las personas que las sufren. Ciertamente no todas estas características se muestran claras en todos los casos, pese a que, en mayor o menor medida todos las tienen.

 

Es más: probablemente en algunos casos ni siquiera tengan conciencia de poseerlas.

 

¿Cuáles son las características comunes a los empresarios que han conseguido alcanzar un alto posicionamiento en este siglo?, estas son:

 

 

 

1 – Quieren cambiar el mundo:

 

Claro que no en todos los casos esto se encuentra implícito, pero sí en todos aparece la necesidad de “dejar huella”, de crear algo que les transcienda, de mantener sueños que vayan más allá del balance.

 

En otras palabras: lo que tienen, lo han conseguido porque desde sus inicios su proyecto emprendedor les transcendía, dándoles en consecuencia la fuerza precisa para seguir mas allá de los limites que las personas normales nos auto-imponemos.

 

Todos los emprendedores estudiados tenían como objetivo prioritario contribuir de alguna forma a un mundo diferente. Los fundadores de Google hacer accesible la información del mundo a las personas; Bill Gates llevar un ordenador a cada hogar; Steve Jobs hacerlos accesibles; Amancio Ortega ofrecer moda a precios competitivos; Yunus permitir que personas sin recursos puedan alcanzar su independencia económica; Anita Roddick evitar la experimentación con animales, entre otros; Richard Branson combatir contra el abuso de las multinacionales, y así en su totalidad.

 

Claro que es difícil de creer, pero no porque no sea así, sino porque creerlo implica cuestionar nuestros propios esquemas mentales, con los que interpretamos nuestra realidad.

 

Creer que el objetivo prioritario de muchos emprendedores es “cambiar el mundo” implica vacunarnos contra una de las epidemias: la economicista, pero especialmente es llevar a preguntarnos a nosotros mismos: ¿Por qué yo no?

 

Por supuesto que para la mayoría de los emprendedores que conocemos esto suena a “cantos de sirena”, en definitiva la mayoría de ellos sólo buscan un trabajo en el que  sean sus propios jefes, pero no crear algo que les supere, no mantener sueños y luchar por ellos, no hacer que cada día de su vida sea un desafío a sus posibilidades.

 

Es el paradigma “democratizador” con el que interpretamos la historia. La verdad solo lo es si la mayoría la acepta, y dado que la mayoría de los emprendedores lo único que quieren es ganar dinero, esta es la única realidad. En otras palabras: “si yo no lo creo, es que no existe”.

 

Pero ¿es así realmente?, ¿son fantasías nuestras la interpretación que damos a las decenas de afirmaciones que los fundadores de estas empresas hacen?, y ¿por qué las hacen?, ¿no se las creen, pero como tienen dinero se permiten el lujo de hacerlas?

 

Esta es una probabilidad, la otra es que sean sinceros ¿Con cuál se queda usted?

 

 

 

2 – En sus orígenes no tuvieron planes de empresa.

 

Es la panacea de las escuelas de negocio, de hecho realmente su existencia se justifica por su capacidad para enseñar a hacer planes de empresa. Pero, Amancio Ortega no lo tenía, Steve Jobs tampoco, los Lladró tampoco, ni Adolfo Dominguez… y así en cientos de casos.

 

Entendámonos: el plan de empresa es útil, conveniente e importante, pero no imprescindible. El plan de empresa es el mapa de hacia donde queremos ir, y tenerlo es útil, muy útil, nos ayuda a sistematizar nuestro pensamiento, nos aporta un modelo, que debe ser flexible, pero que nos marca las pautas que debemos seguir en nuestro camino.

Ahora de esto a integrar todo lo que significa emprender en la creación de un plan de empresa hay un abismo. Pero esto no es lo más grave, lo es cuando al convertir el plan de empresa en la panacea que aporta la lógica a nuestro sueños, anulamos estos con nuestra obsesión de control y planificación.

 

El plan de empresa no debe anular nuestra capacidad de soñar, pero la lógica del mismo sí puede hacerlo. No está mal tener un mapa de hacia dónde queremos ir y cómo llegar adonde queremos, pero esto jamás puede sustituir al fuego que nos impulsa a seguir, incluso cuando las variables definidas en el propio plan no se cumplen.

 

Claro que usted está conforme con esto, ¿cómo no va a estarlo?, pero le invito a que analice los programas de formación y asesoramiento que existen en nuestro país y podrá comprobar como las epidemias ya nombradas han sido capaces de eliminar de todos ellos aquello que fomenta la locura, la improvisación, el desafío, la capacidad de soñar…el caos.

 

3 – Ganar dinero no es su objetivo prioritario.

 

Comprendo su sorpresa, y hasta estupor, ¿Cómo es posible que me atreva a afirmar que el ganar dinero no era su objetivo prioritario?, bueno, no lo digo yo, lo dicen ellos en sus múltiples declaraciones.

 

¿Mienten?, ¿son declaraciones hipócritas y oportunistas?, ¿a quien se lo pregunta?, ¿a usted mismo?

 

De nuevo volvemos con la palabra tan manida: paradigmas. Su rechazo a esta afirmación ¿no será consecuencia de que esta atenta directamente a sus paradigmas?, es cierto que hay muchos emprendedores cuyo objetivo central es ganar dinero, y también es cierto que ninguno de los emprendedores estudiados rechazan el ganar dinero.

 

Es más: es evidente que ganar dinero, lo que implica tener beneficios económicos, es imprescindible para que el proyecto empresarial sea viable y tenga continuidad. Pero nada de esto anula nuestra afirmación.

 

El que haya, e incluso que sean la mayoría, emprendedores cuyo objetivo prioritario sean los beneficios económicos, no anula que para otros esto sea la consecuencia del servicio y valor que aportan a la sociedad, lo cual es lo prioritario para su negocio.

 

El que no rechacen sus beneficios, no define su objetivo. Ellos entienden que aportan valor, que la sociedad les corresponde adquiriendo sus productos o servicios, y en consecuencia lo que ganan, no sólo se lo han ganado, sino que es el testimonio de que están sabiendo responder a las expectativas del mercado.

 

Y por ultimo es evidente que una empresa debe obtener beneficios, es decir: debe ganar dinero, pero esto debe ser la consecuencia del objetivo prioritario: aportar valor. Y este objetivo es el que les da fuerza para seguir ese medio metro último, en el que abandonan el 90% de los emprendedores, si lo superan es porque su motivación principal les aporta mas fuerza, que lo que la económica podría darles.

 

4 – Van contra corriente.

 

Ninguno de los casos estudiados han conseguido su posicionamiento por hacer lo que todos, aunque mejor. Todos crearon sus empresas no sólo en contra de la lógica imperante, sino de los consejos más profesionales, a los que en su momento tuvieron acceso.

 

Son rompedores de paradigmas, y este es su principal merito. Seguir adelante cuando todo estaba en su contra, cuando no había nada que confirmase la bondad de sus planteamientos, cuando no había datos, ni antecedentes, ni estudios que avalasen su intuición e ideas.

 

De aquí lo absurdo que es el intento de crear innovación desde el pasado, desde la historia, desde lo que se sabe. ¿Cómo podemos incentivar lo absurdo?, es complicado y debemos ser conscientes de ello, tanto como de lo opuesto: debemos incentivar lo absurdo si queremos crear, debemos fomentar todo aquello que surge de la pura intuición, debemos estimular la ruptura como forma de crecimiento.

 

¿Cuál puede ser la minima garantía?, la formación que aportemos. En paralelo a incentivar lo absurdo, debemos formar a emprendedores que forjen su carácter, que sean capaces de asumir compromisos conscientes, de asumir retos partiendo de una visión muy integrada en su interior. Y este es uno de los problemas de las epidemias que sufrimos: ¿Cómo se pueden fomentar la vida espiritual desde una visión economicista de la propia vida?

 

5 – Crean nuevos modelos de negocio.

 

¿Cuál es su oportunidad?, ¿tener ideas originales, o ser capaces de crear nuevas formas de gestionar negocios?

 

En la gran mayoría de los casos, el principal mérito no ha sido tanto su capacidad para crear nuevos productos, o servicios, que lo ha sido, sino la de crear en paralelo nuevas formas de gestión. Amazon creó una nueva forma de distribución, Oticon (el mayor fabricante mundial de aparatos para sordos), así como Irizar, han sido pioneros en conseguir la integración emocional de sus trabajadores en los objetivos de la empresa, Zara en crear un clima de lujo con productos al alcance de cualquier mujer, además de responder a la demanda, no        consciente, de una nueva mujer, independiente y autónoma.

 

No es que hayan sabido hacer las cosas mejor que los demás, es que las han hecho diferentes, y si tenemos en cuenta que lo han hecho sin ningún precedente y sin ningún baremo de medir, debemos aceptar que estos emprendedores realmente sí representan el espíritu emprendedor del Siglo XXI.

 

Pero no nos engañemos, también representan el espíritu de otros siglos, es cierto que han utilizado recursos que nuestros antecesores no tenían, pero en el fondo el espíritu ha sido el mismo: asumir la vida como un desafío, este es el origen de toda cultura empresarial, y este es la única variable que siempre será igual.

 

Por esto no debemos inventar nada, sólo mirar hacia atrás, sin miedo a convertirnos en estatuas de sal, pero superando las barreras mentales que hemos creado durante el siglo XX.

 

SÍ, las empresas deben ganar dinero, pero este debe ser la consecuencia.

 

SÍ, la tecnología es un recurso fundamental para crecer y competir, pero jamás puede sustituir al espíritu de superación.

SÍ, las empresas deben ser gestionadas, pero después de haber sido creadas.

 

Lee también:   Emprender en España

 

 

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.