Reinventar la política

El futuro es una prolongación del pasado y lo que hay que hacer es no cometer los mismos errores que se han cometido.

 

 

Ciudadanos tiene un papel protagonista en la construcción de un nuevo país, un papel clave que implica un cambio de visión de la realidad y que solo un Partido nuevo y comprometido con valores democráticos, puede asumir.

 

Si tuviésemos que encontrar tres palabras que definan la política actual, y a la vez que nos marquen el futuro de esta, sin duda alguna estas serían: CAMBIO, FUTURO Y PROGRESISTA.

 

Desearía ser optimista y creer que estas solo definen la política en nuestro país, lamentablemente – al menos hasta donde he podido investigar – esto no es así, lo que a su vez confirma mi tesis de que no estamos viviendo en una época de cambio, sino que estamos siendo protagonistas de un CAMBIO DE EPOCA.

Vamos a analizar esto que significa realmente y como deberíamos asumir lo que cada una de estas palabras representa. Es perfectamente comprobable que todos los partidos, todos insisto, se auto reclaman el derecho de defender el cambio, crear un futuro, y, aunque en este caso no todos (me temo que nunca he escuchado a nadie del PP considerarse progresista), también la mayoría se consideran progresistas.

 

Empecemos por la primera:

 

CAMBIO 

¿Qué significa esta palabra para la mayoría de los partidos políticos de nuestro país?, básicamente más de lo mismo, aunque mejor. Es decir: el futuro es una prolongación del pasado y lo que hay que hacer es no cometer los mismos errores que se han cometido.

De esta forma nos encontramos con que lo que debería ser un punto de partida para construir un futuro mejor, realmente es la meta, prácticamente para todos.

Claro que todos queremos una situación de justicia, claro que todos queremos que la corrupción no exista, claro que todos queremos unas condiciones mínimas de vida y claro que todos queremos una seguridad social, una educación y una serie de prestaciones sociales, adecuadas e integradas en nuestra concepción del estado del bienestar. Y claro que todavía estamos muy lejos de que esto sea así.

Soy muy consciente de que todo esto es fundamental, prioritario y vital. Pero no deberían ser el factor que determine y defina la palabra cambio, básicamente porque todas estas carencias son la consecuencia.

En otras palabras: para que todo esto cambie, antes debemos cambiar lo que nos ha llevado a esta situación, que es básicamente nuestra forma de interpretar la realidad.

No hace mucho una persona, con una importante responsabilidad en un partido político, me pidió dar una conferencia en un instituto de enseñanza media sobre el emprendimiento. Para ello me pidió que enviase un esquema del contenido de la conferencia para que fuese aprobada por la dirección del instituto. Que es lo que hice.

Básicamente el eje central de la conferencia era que el emprendedor tiene una función que supera la tradicional “creación de riqueza”, que, por el simple hecho de ser innovador, que por el simple hecho de romper esquemas y arriesgar, este emprendedor está contribuyendo a un cambio en su entorno, y en consecuencia es “un creador de historia”, siguiendo la hipótesis del filósofo chileno Fernando Flores.

Posiblemente esta persona esperaba que mi conferencia se centrase en cómo crear una empresa, en cómo crear un plan de marketing y lo bonito que es emprender. Es decir: una visión tradicional del emprendedor. No era así.

No tuve respuesta. Y de nuevo se confirmaba con este silencio mi sentimiento de que los políticos de nuestro país todavía no han entendido que el mundo ha cambiado, y con ello los conceptos con los que hasta ahora los interpretábamos.

Debo destacar que esta misma conferencia la he dado decenas de veces en institutos de enseñanza secundaria, tanto en Andalucía, como en Extremadura y Galicia, con unas respuestas positivas por parte de los alumnos asistentes, realmente espectaculares. Una prueba más de la distancia que hay entre la mentalidad del político y la población civil.

Emprender hoy es mucho más que crear riqueza, es contribuir a la creación de un nuevo mundo, y esto implica un cambio profundo sobre lo que realmente significa la palabra “cambio”.

Por esto, insisto en ello, querer definir este cambio con que se materialicen las reivindicaciones que he nombrado (y claro que no son todas) no es cambiar, es volver al punto en donde deberíamos estar.

Y como muy bien decía Peter Drucker, cuando se soluciona un problema, lo más que consigues es volver a estar en la situación donde antes habías estado. No hay cambio, solo una recuperación del pasado.

Lo que es curioso es que esto sea lo que justifica la existencia de la mayoría de los partidos actuales, esto es por lo que luchan nuestros políticos desde nuestras instituciones, y conseguir estas reivindicaciones son las que definen su éxito y eficacia.

Por favor, entendámoslo. Las conquistas de estas reivindicaciones son justas e imprescindibles, pero son el primer paso para llegar a otro sitio mucho más ambicioso. Nunca deberían ser el fin y nunca/jamás deberían ser lo que justifica la política.

 

Reinventar la política implica entender lo que esto significa. Cambiar es ver la realidad de una forma totalmente diferente, y no como el político al que hago referencia en mi ejemplo ve el significado del fenómeno emprendedor. Cambiar es, como afirmaba Proust: “el verdadero viaje de descubrimiento no es buscar nuevos paisajes, sino en tener nuevos ojos”.

 

¿Estamos interpretando la política con “ojos nuevos”, o realmente seguimos pensando que hacer política es solucionar problemas?

El cambio nunca debe ser el final de un proceso, sino el primer paso de otro. Para ir a China, efectivamente primero hay que dar un paso, pero esto no significa que no tengamos claro hacia dónde vamos.

Y ¿hacia dónde vamos?

 

FUTURO

 

Es deprimente la incapacidad que tienes nuestros actuales políticos para presentarnos un futuro estimulante, una visión de hacia dónde vamos que justifique nuestros esfuerzos, un horizonte que nos haga sentirnos protagonistas activos del cambio.

Claro que hay que entenderles, cuando no tienes un presente mínimamente satisfactorio, cuando estas sobreviviendo y cuando no tienes los mínimos vitales, es complicado imaginar un futuro estimulante.

Es la lógica, aunque parafraseando a Unamuno, yo diría “la cochina lógica”.

Porque sinceramente no creo que sea así. No es el presente el que nos da fuerzas para avanzar, es el futuro el que tira de nosotros, y a más dureza del presente más necesario es que el futuro sea estimulante.

Puedo nombrar a cientos de ejemplos que demuestran esta afirmación. Para salir de una situación determinada, para superar momentos de crisis, lo que nos da fuerza para salir adelante, es el horizonte hacia dónde vamos.

Y no podemos esperar que esto lo entienda, en todo su significado, la persona que está viviendo la situación crítica, para la que el llegar a fin de mes es el único objetivo que tiene en su mente. Y aunque este ensayo no está exclusivamente enfocado a estos colectivos, asumo que hay también personas que tienen sus mínimos vitales cubiertos, quiero partir de este extremo como punto de referencia.

Es falso y un pretexto hipócrita, asumir la creencia de que no se puede crear el futuro, hasta no haber solucionado el presente. Es un pretexto de cobardes, una forma de justificar la falta de imaginación y, especialmente, una forma de reafirmarse en el sitio donde se está. Realmente quien afirma esto, en definitiva, no quiere ningún cambio, porque este sin duda alguna afectaría directamente a su situación.

El presente nunca debe determinar el futuro, es todo lo contrario. Es el futuro el que determina el presente, es el futuro el que genera la energía y la imaginación precisa para cambiar el presente.

No se va a crear el futuro desde el pasado, desde la experiencia. Se va a crear desde el futuro, desde la imaginación. Se va a crear a través de una imagen del horizonte por la que merezca la pena luchar, que justifique nuestros esfuerzos, que sea el enorme aliciente de poder ofrecer a nuestros hijos un futuro mejor.

Claro que para que esto sea así hace falta algo: liderazgo.

Y este es nuestro principal problema: no tenemos líderes capaces de hacernos vibrar. Están tan enfrascados en solucionar el día a día, están tan centrados en el presente, que se les está olvidando crear el futuro. Parten de una obviedad: el futuro es la suma de días.

En consecuencia, si solucionamos los problemas de cada día, el futuro será mejor.

Es cierto, tanto como que para ir a China – lo sé, ya lo he dicho – hay que dar un primer paso. Si, el futuro es la suma de días. La cuestión es que el cómo se llenen estos días, hace que el futuro sea un estímulo, o algo que habrá que pasar, simplemente.

Necesitamos un nuevo liderazgo en la política, un liderazgo que no solo nos aporte un presente digno, sino que nos impulse a comprometernos en la creación del futuro. Y esto solo es posible desde un cambio radical de paradigma en relación con lo que significa liderar.

Hasta ahora el paradigma del liderazgo era externo a nosotros. Se trataba de alguien capaz de convencernos, capaz incluso de comprometernos. Y esto es magnífico, pero no nos hacía cambiar.

El nuevo paradigma que la política precisa es un paradigma de transformación. No se trata solo de seguir a alguien, no se trata solo de comprometerse con alguien, por encima de todo se trata de asumir la responsabilidad de vivir intensamente, lo que implica que mi compromiso con la creación del futuro parte de mi interior, de mi decisión de ser, de mi convencimiento de que la suma de todos, y cuando me refiero a “todos” estoy hablando de nuestra totalidad como seres humanos, es el futuro que queremos crear.

¿Qué líder político español podemos integrar en esta categoría “transformadora”?, desde mi punto de vista solo uno: Albert Rivera. Y lo afirmo consciente de la sorpresa que esto puede generar, porque si hay un líder totalmente ajeno a la imagen tradicional que tenemos del liderazgo, este es Albert.

He reflexionado mucho sobre esto, y reconozco que a mí mismo me ha costado convencerme. Estamos acostumbrados al líder carismático, que nos emociona, no por lo que dice, sino por como lo dice.

Vemos al líder como alguien a quien hay que seguir, como alguien que nos genera suficiente confianza como para apostar por él. Este no es Albert Rivera, pese a que estas sean también los resultados que obtiene.

Albert no quiere asumir esta responsabilidad, entre otras cosas porque es consciente de que esto no hace que las personas cambien, sino todo lo contrario. Albert tiene claro su papel de guía, tiene claro su perfil de líder, y este no es el de arrastrar a sus seguidores, sino el de conseguir que estos lo sean porque se sienten parte de un todo, que, si bien es superior a cada uno, no anula esta individualidad.

Se ha acabado la época del liderazgo al estilo de Pablo Iglesias, incluso de Pedro Sánchez. Se ha acabado la época del discurso estimulante por los gritos, o por las críticas – a veces hasta chistosas – hacia los otros partidos.

Se ha acabado la poca del liderazgo basado en lo evidente, en justificar su existencia porque grita más que los demás, en reclamar el compromiso porque los demás son los malos y ellos los buenos.

Necesitamos un liderazgo que nos lleve a la reflexión, que nos impulse a crear un nuevo mundo desde nuestro interior, que nos exija vivir conscientemente de nuestras posibilidades, y en consecuencia de nuestras responsabilidades.

Necesitamos un liderazgo para vivir, para sentir, para amar, para reír juntos, para gritar justos, para llorar incluso juntos.

Necesitamos un liderazgo que nos haga sentir ser creadores del futuro, y no meros espectadores de su construcción.

Y este es el cambio fundamental: hacernos sentir a cada uno de nosotros protagonistas de la construcción del futuro, ser capaces de visualizar lo que no existe, vivir antes de crearlo, el horizonte hacia el que queremos caminar, esa línea a la que posiblemente nunca llegaremos, pero que por sí misma significa suficiente estímulo para dar nuestra vida por ella.

Y esta es la grandeza del futuro que tenemos que construir: que ya solo el camino merezca la pena.

Un horizonte hacia el que para caminar hacia él sea preciso algo más que   la creación de un presente de estabilidad. Un horizonte que realmente defina lo que significa ser progresista.

He afirmado al inicio de este ensayo que había tres palabras claves para definir los cambios que son precisos en la forma de hacer política. Ya he hablado de dos. Tratemos ahora la tercera:

 

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PROGRESISTA

 

Alucino la alegría con la que se utiliza esta palabra, sin profundizar en su significado.

Alucino escuchar a partidos como Podemos, incluso PSOE, auto titularse “progresistas” con la justificación de que quieren justicia social, igualdad, libertad – bueno, esto no estoy tan seguro que lo quieran – y cero corrupciones. Lo mismo que queremos todos, o la mayoría.

Digo mayoría, porque dudo que el PP esté en esta línea. Al menos los resultados de su gestión lo hacen evidente.

La cuestión, ¿es ser progresista un programa de mínimos?, ¿me puedo auto definir como progresista sencillamente porque quiera una sociedad de mínimos?

No hay un solo partido que nos haga vibrar con una sociedad en la que el cambio sea una realidad. No el cambio en las formas de hacer, sino un cambio en la forma de ser.

En otras palabras: desde mi criterio no hay un solo partido que pueda definirse como progresista, con todo lo que esta palabra implica.

Otra cosa que pueda haberlo, y en este sentido afirmo que si hay un partido que pueda serlo, este es ciudadanos, por las razones que expondré al final de este, ya largo, articulo.

Progresista no es hacernos ir hacia lo evidente, progresismo no es más de lo mismo, pero mejor. Y esto lo saben muy bien los emprendedores que han asumido la innovación disruptiva como forma de vida y de hacer negocios.

Necesitamos también en política ser innovadores disruptivos, ser capaces de romper con el pasado y asumir la dura responsabilidad de empezar de nuevo. Y esto no es una cuestión de voluntad, es una exigencia de la época en la que nos ha tocado vivir.

Una época que es más que un momento de cambio acelerado. No, no estamos viviendo en una época de cambio, ESTAMOS VIVIENDO UN CAMBIO DE EPOCA, como he afirmado al inicio de este artículo.

Un cambio en los valores, un cambio en los paradigmas, un cambio en la forma de interpretar la propia vida, un cambio radical. Una época disruptiva en la que solo es posible salir siendo realmente progresistas, o lo que es lo mismo: transformadores de la realidad.

 

¿Y cuál es la realidad a la que nos enfrentamos?

Mas, mucho más que lo que los partidos nos venden y que integran en sus programas respectivos, con más o menos fortuna. Porque si algo están olvidando estos partidos que estas reivindicaciones, que estos objetivos mínimos en relación con los salarios, a la sanidad, a la educación y a mil, cosas más, son la consecuencia, no el origen.

Y es este origen el que hay que tratar desde una visión progresista. Un partido nunca puede considerarse tal por llevarnos a una situación que debe ser de partida, y no de llegada, un partido debe ser progresista en la medida que ofrece y trabaja por el progreso, o lo que es lo mismo: por la creación de una sociedad que signifique una etapa nueva, un nuevo modelo de vida, una nueva realidad.

Por esto me sorprende que todos los programas de los partidos estén tan enfocados al corto plazo, ignorando unas realidades que son las que hay que afrontar, aunque para ello sea imprescindible un cambio de enfoque del corto plazo, al largo plazo.

¿A que nos estamos enfrentando?

Son varias las realidades cuya superación definen claramente el progresismo de los partidos, sin embargo y por razones de espacio voy a centrarme en este ensayo en las que considero más vitales y cuya superación son, desde mi punto de vista, más urgente.

 

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Estas realidades son:

 

  1. No hay relación entre la economía real y la financiera.

El gran drama hoy es que el movimiento especulativo del capital es infinitamente superior al movimiento del capital enfocado a la economía real. Es decir: si el poder financiero, que siempre ha sido depredador y especulativo, nunca a lo largo de la historia ha tenido tanto beneficio, con tan poco riesgo.

Una economía asentada sobre un capital especulativo es una economía paralizada para la innovación, la solidaridad y el desarrollo sostenible.

Un partido no puede considerarse progresista si en sus planteamientos estratégicos no tiene en cuenta este factor desestabilizador.

 

  1. No hay relación entre una economía basada en el consumo infinito y los recursos de la tierra. Hoy ya estamos consumiendo un 50% más de las posibilidades.

En otras palabras: estamos viviendo de los intereses, lo que significa que, a muy corto plazo, y si no tomamos medida al respecto, nos comeremos el capital. No es posible seguir basando nuestro desarrollo en el consumo, porque ya no tenemos capacidad para crear más recursos, pese a que – y coincido con Diamandis, en este aspecto – la tecnología nos ayude a superar esta barrera.

Pero en todo caso y aunque así fuera, ¿podemos seguir construyendo una sociedad solidaria en base al consumo infinito?

Esto implicará forzosamente más emigración, más desestabilización y, en consecuencia, más hambre.

¿Cómo afrontan los partidos supuestamente progresistas este desafío?

 

  1. No hay relación entre los que tienen y los que no.

 

Cada vez más personas tienen más, y más tienen menos. La brecha entre unos y otros se agranda cada día más, con lo que las oportunidades están cada vez más lejos de la mayoría de la población, deteriorando la igualdad de derechos, forzando con ellos la aparición de falsos populismos, cuya existencia solo es posible gracias a estas situaciones de desigualdad injusta.

Está bien que luchemos por un presente digno y equilibrado. Pero si en paralelo no estamos luchando por un futuro en el que todos los seres humanos tengamos las mismas opciones, nunca alcanzaremos ese equilibrio tan deseado.

Serán entonces los partidos extremos los que vivirán felices, no porque no sea justo lo que reivindican, que posiblemente lo sea, sino porque su existencia solo está justificada en la existencia de estas desigualdades.

Son solo tres factores claves, podría citar muchos más, pero no es preciso. Con seguridad el lector ya ha tomado conciencia de que de nada nos vale tener un presente equilibrado, si en paralelo estamos rodeados de hambre, de desigualdad, de injusticia y de especulación. Es más: estoy totalmente convencido de que lo primero – nuestra justa y deseada sociedad – no va a ser posible si antes no solucionamos estos tres factores, COMO MINIMO y entre otros.

Y enfrentarse a estas cuestiones es lo que es realmente progresista. Enfrentarnos a la creación de una sociedad en la que estos factores estén superados, asumir desde ya situaciones como la que el pleno empleo va a ser imposible y que hay que afrontar ya las consecuencias de esto, enfrentarnos desde ya a la creación de una sociedad en la que los valores de hoy, como por ejemplo el trabajo de por vida, o el contrato fijo, serán una realidad del pasado.

Tener coraje para afrontar estos desafíos con valentía y con la seguridad de que tenemos capacidad para superarlos, es lo que yo entiendo justifica el termino progresista.

Y este es el desafío de ciudadanos, es más, insisto en ello: estoy totalmente convencido de que es el único Partido en España capaz de enfrentarse a ellos.

Pero para que esto sea posible es imprescindible que tengamos nuestros propios procesos – creo sinceramente que ya lo estamos teniendo – que no sean los otros partidos los que marquen nuestras decisiones, que seamos capaces de en lugar de estar mirando hacia los lados, miremos hacia delante convencidos de que tenemos una misión: crear un nuevo país, desde una visión diferente a la actual.

 

Esto sí que es ser progresista. Y liberal.

 

 

 

 

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