Paradigmas

¿De qué nos vale tener sueños si estos los limitamos por nuestras creencias del momento?

 

Hablaremos en los capítulos siguientes de dos palabras, como variables del modelo de empresa que viene: sueños y coraje. Sueños, para visualizar un futuro que vaya más allá de nuestra realidad cotidiana, coraje, no solo para tenerlos, sino para luchar por su consecución.

 

Pero ambas, pese a su importancia, no son suficientes. Hay que añadir una más: paradigmas.

 

Porque ¿de qué nos vale tener sueños si estos los limitamos por nuestras creencias del momento?, ¿cómo podemos tener sueños si no creemos en la utopía?, ¿cómo podemos soñar con algo que la cultura imperante nos dice que es irreal?, cientos de testimonios, hablaremos ahora de uno de ellos, ¿hubieran sido posibles si no hubieran tenido sus fundadores no solo capacidad para soñar y coraje para luchar, sino una visión diferente del futuro?

 

¿Habría sido posible Zara, si Amancio Ortega no hubiese estado convencido de que era posible su sueño, en contra de todos los consejos de su entorno, hermanos incluidos?

¿Hubiera sido posible Dell Computers, si Michael no hubiera visto una realidad más allá de la que sus padres veían? Y así con cientos de ejemplos.

 

 

Un paradigma es una visión limitada de la vida, soy consciente de la simplicidad de esta definición y también de que esta es una palabra que, como muchas cosas en esta sociedad consumista, llega un momento en que ya no significa nada de haber dado a la misma tantas definiciones distintas. Pero permítame amable lector, lectora, que –insisto: consciente de su limitación– me acoja a ella.

 

Vivimos en una sociedad en la que los valores seguridad, control y continuidad son la base sobre la que la hemos construido. Estos valores son consecuencia directa de una realidad: la creada por la sociedad industrial, que la hicieron posible.

 

El problema es que si bien aceptamos que ya no vivimos en este modelo de sociedad, y si bien aceptamos que el cambio es una realidad constante en la que tenemos que vivir, a la hora de interpretar esta, lo hacemos con los mismos valores de la era industrial, ya superada.

Testimonios de esto los hay a decenas. Por ejemplo: analice usted lo que para nuestros gobernantes significa innovar. Tengo en mi ordenador, el mismo en el que estoy escribiendo este capítulo/ensayo (definición que me aporta mi admirado amigo Victorio Magariños) un breve video producido por el Ministerio de Innovación, en el que diversas personalidades de la cultura y de la empresa afirman “que hay que innovar”, si queremos crecer, claro que no dicen que significa innovar, simplemente que hay que hacerlo… ¿le suena a nuevo?, ¿es preciso decirlo?, ¿quién no se ha enterado todavía? Gasto inútil la producción de un video que perfectamente podría haberse realizado hace 10 ó 20 años, el tiempo que llevo escuchando lo mismo.

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Pero si bajamos a la realidad cotidiana, tenemos estos días una noticia que confirma mi afirmación: mientras no cambiemos de paradigma, el futuro será una continuación del presente… si no del pasado. La noticia es la decisión de nuestro flamante Ministro de Industria de “incentivar la economía, fomentando la compra de vehículos eléctricos”.

 

¿Cómo se fomenta este consumo?, con subvenciones lógicamente. Para eso están los impuestos.

 

¿Cómo se mentaliza al consumidor lo que realmente significa un coche eléctrico?… ¿rebajando su precio? Todo lógico, controlable, lineal, es decir: más de lo mismo.

 

Claro que usted ya se está preguntando si tengo la solución, porque siendo coherente, si no la tuviese, no debería ser tan listo… le entiendo. Pero la tengo. Es más: usted también la tiene.

 

Está en nuestra conciencia, está en nuestra coherencia, está en nuestro convencimiento de que si queremos disfrutar de una vida diferente, debemos pensar –para actuar– de forma diferente. Que mientras el beneficio económico, mediante la subvención, sea el principal aliciente para adquirir un coche eléctrico, los ciudadanos de a pie seguiremos cargándonos nuestro entorno natural, que mientras “la pasta gansa” como diría un castizo, sea la única razón de ser para comprometernos en la creación de un mundo diferente, este no lo será tanto como deseamos y necesitamos.

 

 

En otras palabras: el coche eléctrico debe ser la consecuencia de una demanda que surja del compromiso, no del interés. Este es el cambio de paradigma que tan preciso es para crear la empresa, que, queramos o no –esto es lo hermoso del ser humano– va a ser una realidad, cada vez a más corto plazo. Será nuestra decisión, impulsada por nuestros sueños y forjada por nuestro coraje, la que nos permitirá participar en la liga de la competitividad, o seguiremos a la cola de la misma.

 

Pero ¿cuáles son los paradigmas que debemos cambiar? Tenemos muy cerca la respuesta, la tenemos en casa. Me estoy refiriendo a la obra de nuestro compatriota Aldo Olcese, titulada “El capitalismo humanista”, que confío sea pronto un manual de obligada consulta en las escuelas de negocios y universidades de nuestro país.

Olcese afirma que hay cinco paradigmas a superar. Lamentablemente el limitado espacio de que dispongo, no me permite desarrollarlos con la amplitud que desearía, y probablemente fuese necesario.

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El primero es el de “todos somos homo economicus”. Lo que significa que es nuestro propio interés lo que nos impulsa a la acción.

 

El segundo es “que las empresas existen para maximizar el valor de los accionistas”. Es decir: las necesidades de los clientes, proveedores y la propia sociedad, están supeditados a este objetivo prioritario.

El tercero es “las empresas precisan de líderes heroicos”. Directivos carismáticos, que “saben lo que hacen” y que por el hecho de ser “el jefe” es el que más sabe.

El cuarto paradigma a superar es “la organización eficaz es mezquina”, lo que es una consecuencia lógica de los anteriores. Si para conseguir el “sagrado” objetivo de satisfacer los intereses de los accionistas, hay que despedir a trabajadores, hagámoslo en nombre de la también “sagrada” eficiencia.

Y por último el quinto: “un pleamar de prosperidad hace que los barcos floten”, lo que históricamente puede demostrarse que es falso. Pese a nuestra prosperidad el hambre en el mundo sigue, el paro se mantiene y las diferencias entre países ricos y pobres es cada vez mayor.

Bien, éstos son los paradigmas a superar si queremos crear empresas capaces de responder, sí, también “eficazmente” a los desafíos del futuro. ¿Utópico?

¿Utópico?, no tanto si tenemos en cuenta que ya existen empresas que han superado, no uno, o tres… sino los cinco. ¿En España? sí, en España.

Muchos ejemplos tenemos, algunos incluso hasta le sorprenderían, pero voy a obviarlos, porque nombrarlos me obligaría a justificar mis afirmación… de nuevo la esclavitud del espacio.

Por esto voy a referirme solo a uno: elBulli.

Primer paradigma: ¿se imagina un empresario que reconoce que no solo no lo es, sino que además no le gusta serlo?, ¿imagínese que este mismo empresario, de éxito por supuesto, asegure que no sólo no le gustan los negocios, sino que además no tiene el más mínimo interés en ganar dinero?

Pues este Sr. existe y se llama Ferrán Adrià.

Segundo paradigma: claro que en este caso son sólo dos accionistas, el propio Adrià y su socio Juli Soler (también “factótum” de esta obra de arte que es elBulli, como negocio), pero si extrapolamos este paradigma a la realidad cotidiana de esta empresa, también deberíamos intentar comprender como es posible que en lugar de ampliar la facturación –y en consecuencia el beneficio– dando más comidas, estas se reduzcan, o bien ¿Por qué no franquiciar el modelo de negocio, dada la demanda que hay al respecto?, ¿no aportaría ésto mas beneficio?, pues si…pero no lo hacen, simplemente porque para estos “accionistas” el beneficio económico –de nuevo acudo a mi paisano: “la pasta gansa”– no es lo fundamental.

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Tercer paradigma: Hay les tenemos, ellos mismos –Adrià y Soler– se reconocen personas normales y sencillas, sin más formación que la que han sido capaces de ir adquiriendo a lo largo de su vida, sin más carisma que la pasión con la que asumen sus propios desafíos. No tienen el pelo engominado, ni parece que vistan con trajes de primera marca, en fin: personas que fácilmente usted y yo nos encontraríamos en el autobús… pero que, sin más recursos que sus sueños y coraje, han sido capaces no solo de crear el mejor restaurante del mundo, sino un universo de negocios rentables alrededor del mismo.

 

Cuarto paradigma: Y aquí está la clave… la base de su negocio es compartir, dar, fomentar, incluso estimular la competencia, compartiendo con ésta –incluso fomentándola desde su propia estructura de personal– sus conocimientos, sus experiencias, sus vivencias, sus resultados. Es lo que se llama innovación abierta, y de la que elBulli, es un testimonio vivo. Hasta no hace mucho se afirmaba que el conocimiento es la base del poder, para estos líderes empresariales, compartir su conocimiento es la base de su poder.

Quinto paradigma: La prosperidad no es posible sin el compromiso. No es posible crecer al margen de la vida, del mundo, de nuestro entorno. No puede haber prosperidad sin valores, como no puede haber innovación sin desarrollo personal.

Comprometerse siendo coherente con la cultura que se afirma tener, hacer del servicio una forma de vida, convertir la innovación en un desafío, y hasta en un estimulo para vivir, es la única forma de crear progreso, y especialmente, es la única forma de prosperar. ¿Cuántos negocios han salido del elBulli, como consecuencia del compromiso de sus socios para compartir, para estimular una forma de vivir, para hacer sentir que es posible liderar desde la conciencia?

 

Ellos, Soler y Adrià, lo han conseguido. Claro que el cínico de turno afirmará que “todo es marketing”, que en definitiva han montado un negocio en el que están ganando un “montón de pasta gansa” (sí, me ha gustado esta expresión… lo reconozco), y que al final siempre todo es lo mismo: beneficio…

Dejémosles, que sigan pensando así,  ¿qué más da…? sigamos el consejo del asceta Juan de Escala, cuando afirmaba:

 

“Si algunos siguen dominados por sus malos hábitos anteriores,
y se dedican a enseñar meras palabras, déjales que enseñen…
porque, quizás, avergonzados por su propio discurso, acabarán practicando lo que predican”.

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